CCAT5449 - Nativos de América del Norte

 

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Los indios de norteamérica

     

Para uno, que ha crecido entre sesiones dobles de cine de barrio, en las cuales una de las “pelis” era siempre “de indios”, (la otra solía ser “de romanos”), el indio era un ser cruel, violador de mujeres, asesino de niños, que siempre arrancaba la cabellera al conductor de la diligencia y lanzaba flechas con obstinada precisión al hombro del protagonista.

Por este motivo, la aparición “in extremis” de la Caballería, era acogida con alborozo por los espectadores, que veíamos como los aguerridos soldados ponían en deshonrosa fuga a los pérfidos pieles rojas.

 

Con el tiempo, aprendes que, como en todas las guerras, las películas las ruedan siempre los vencedores, que, como es previsible, muestran su particular punto de vista aun a costa de adornar alguna que otra batallita.

 

La realidad es que los indios norteamericanos sufrieron un expolio y acoso sistemático, amparado en tratados que nunca se cumplieron y que si existió alguna muestra –más bien escasa-de buena voluntad, respeto y comprensión hacia sus costumbres, fue más bien fruto de las actitudes individuales de contados mandos del ejército o agentes de las reservas, que de una política preconizada por el “Gran Padre Blanco”, de Washington.

La famosa frase “El único indio bueno es el indio muerto”, no fue puesta en boca de John Wayne, por la imaginación de algún guionista de Hollywood, sino que deriva de las palabras del General Sheridan, tras la batalla del río Washita: “los únicos indios buenos que he conocido estaban muertos”.

 

La progresiva expansión hacia el oeste de mineros y agricultores, propició la construcción del ferrocarril, cuyo trazado atravesaba impunemente los territorios indios. El avance de la línea férrea, significó el fin de las grandes manadas de bisontes, alimento básico de los indios.

El ferrocarril, permitía hacer de la caza del bisonte un ejercicio macabro. Se organizaron trenes especiales que reducían su velocidad al pasar junto a los rebaños y cientos de rifles –los eficaces “Sharp”- sembraban la pradera de animales muertos o heridos. Entre 1872 y 1875, se calcula que se abatieron más de tres millones de ejemplares.

El más famoso cazador,  fue William Frederick Cody, más conocido por “Buffalo Bill”, quien, no obstante, siempre mantuvo una actitud respetuosa hacia los indios.

 

Si nos detuviéramos a analizar en profundidad el desarrollo de sus guerras contra el Ejército, podríamos observar que los indios no fueron prácticamente nunca derrotados en el campo de batalla. Su decadencia y posterior rendición fue debida principalmente a la proliferación de enfermedades importadas y a la escasez de alimentos. La desaparición del bisonte, fue un golpe definitivo en este sentido.

 

Se han escogido tres hechos históricos, la batalla de Little Bighorn (1876), el éxodo de los Nez Percés (1877) y la masacre de Wounded Knee (1890), como los más significativos para ilustrar y resumir esta etapa de la colonización del oeste americano.  

 

 Indian Henry

Nota del autor:

 

Estas lineas no pretenden ser una “Historia de los indios”, puesto que este no es el lugar ni la intención. Por esta razón, hay que significar que NO están todos los que son, pero SI son todos los que están.

 

Para quien desee documentarse en profundidad, existen libros como “Enterrad mi corazón en Wounded Knee”, de Dee Brown (Bruguera); “Así eran los sioux”, de Mari Sandoz (Hesperus); “Los últimos días de Caballo Loco”, de Dan O’Brien (Ediciones B); “Litte Bighorn, 1876”, de P.F. Panzeri (Del Prado) o “Tambores indios.  Conocer a los señores de la guerra”, de Edward K. Flager (Martinez Roca), entre otros.

 

También es posible encontrar información en la red, por ejemplo en la web

en  www.nativeculture.com/lisamitten/indians.html

En Agama, http://www.agama.net/ilakotac.htm, organizan viajes por las reservas indias.

 

Por mi parte, mis viajes por las reservas lakota de Standing Rock, Pine Ridge, Lower Brüle y Cheyenne River, en Dakota del sur; los territorios hopi y navaho, en Arizona; las reservas crow, en Montana, la de los nez percés, en Idaho y la de los chayennes del norte, también en Montana, me han permitido vivir experiencias irrepetibles.

Entre otros muchos, conservo un especial recuerdo de mi visita a Little Bighorn.  Aún me parece  sentir bajo mis pies la fuerza que emana de la tierra en Wounded Knee. He cabalgado por la inmensidad de las praderas, en compañía de cheyennes y lakotas; he sostenido en mis manos el Bastón de mando del Jefe White Thunder y he tenido el enorme privilegio de participar en una danza intertribal, durante un pow-wow –fiesta de danzas-, en Lower Brüle.  

 

                    “Nosotros somos una parte de la tierra y ella es una parte de nosotros. Meditaremos sobre la oferta, pero no será fácil. Si no poseemos la frescura del aire ni el brillo del agua, como nos los podreis comprar?”

 

                                                                   Caudillo Seattle (duwamish)

 

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